Los Anónimos

“Me encontraba estancando en el Aeropuerto de Los Ángeles. Mi ticket no confirmado para American Airlines presentó tener la última prioridad en los vuelos, llegaba a estar número 30 en la lista de espera.

Llegué a LAX a las 8 de la mañana aproximadamente, y me encontré “atrapado” por 10 horas. El tiempo iba corriendo y veía con desesperación como perdía tiempo en ir al encuentro de mi amor. El viaje era de escasos días y horas perdidas significaba memorias no alcanzadas.


En la desesperación de la espera no encontraba forma de hacer pasar el tiempo más rápido, y cada intento de comunicarme era un gasto desgraciado de dinero cargado por el aeropuerto.


Mientras trataba de aclarar las ideas y hacerme la idea también de esperar. Tomé asiento en la sala para esperar el resultado del siguiente vuelo. Mientras estaba sumergido en mis posibilidades, escucho una voz anciana que me pregunta por la hora. Al voltearme veo una señora con rasgos asiáticos y con un fuerte acento asiático en el inglés. Su voz era muy débil y requería mucha concentración poder entenderla, se expresaba mucho con gestos más que palabras.




Después de una hora de conversación esta persona anónima resultó ser una esquimal de Alaska que estaba en espera del vuelo en el que haría conexión para volver a su tierra nativa en busca de un tratamiento a una artritis severa, albergándose en la protección para nativos americanos del Gobierno.


También me contó de su único hijo, el cual servía en la Armada y vivía en San Diego, bastante lejos del aeropuerto que se encontraba. Lo había venido a visitar y sólo hace semanas se había manifestado la artritis además de algunos problemas cardíacos. Ya que no podía caminar, le fui a comprar agua y café que era lo que deseaba.


Cuando regresé había una niña sentada al lado que nos comenzó a hablar también. Se notaba que también buscaba compañía y se encontraba en la misma situación mía, esperando espacio en algún vuelo. Conversamos los 3 por otra hora más y la sensación de espera se hacía más soportable.


La señora esquimal tuvo una crisis de repente, quería aire fresco y podías ver en su cara el pánico de no encontrar la forma de moverse. Corrimos a buscar ayuda por parte de la aerolínea, tardaron unos minutos mientras la señora seguía en su desesperación y comenzaba a llorar. Trajeron a los paramédicos para revisarla, al momento en que llegaron ya se encontraba más tranquila pero tiritaba entera. Les ayudé con alguna información que pude recatar de las conversaciones, pensaron que yo viajaba con ella y me dieron a entender que no me metiera al saber que mi presencia era sólo circunstancial.


La situación se complejizó para la señora, le dijeron que no la aceptarían en ningún vuelo sino tenía la aprobación de un doctor. Ella no tenía seguro y su hijo no estaba cerca para ayudarla. La dijeron que tenía que elegir entre ir al hospital con ellos o quedarse y valerse por ella sola, ella estaba preocupada porque no tenía seguro y ni el dinero para ir a emergencias. El tipo le dijo “qué es más importante, su salud o el dinero”, frase cliché que puede ser dicha por alguien que no tiene el problema de que sabe que ir a emergencia le costará miles de dólares que no tiene. Finalmente la opción para ella no existía, no la dejarían subir al vuelo y no podía quedarse sola, no se pudo comunicar con su hijo tampoco… por lo que la llevaron en camilla a la ambulancia. Y esa fue la última imagen que tengo de ella, cuando me dijo gracias y se la llevaron.


Con la niña nos quedamos esperando que todo le saliera bien. La chica resultó también tener una difícil historia. Ella tenía unos 16 años, unos lentes que parecían lupas para sus ojos y varias espinillas que mostraban su adolescencia. Se podía ver que buscaba algo de compañía, porque a pesar de lo independiente que pueden ser algunos estudiantes norteamericanos, se podía ver que ella estaba asustada.



Su historia era que hace un año se había ido de la casa de sus padres, por complicaciones dijo ella (aunque luego mencionó que su padre era alcohólico y varios problemas más). La habían corrido dos veces en el año de los lugares donde se había quedado porque no tenían cómo mantenerla. Ya estaba pronta a su último año de secundaria y ya pensando en qué estudiar en la Universidad. No había salido nunca de California y se preguntaba cómo era el mundo afuera de ese lugar. Se encontraba en el aeropuerto con un ticket gratis que había dado el marido de su tatarabuela, ella era una de las 16 personas que él había inscrito como beneficiarios, aunque nunca lo había conocido.


Discutimos un poco de que si era mejor Superman o Batman, le conté sobre Chile, sobre mi familia, sobre mi polola. Ella me contó que iba a ver a su hermano (no lo veía hace 9 meses) y que nadie la iba a ir a buscar al aeropuerto si no se subía hoy al avión y si se subía a uno muy tarde podría ser que el tren que debía tomar para llegar adonde su hermano ya no pasaría. Tenía miedo de pasar toda una noche en el aeropuerto.


Finalmente se subió al mismo vuelo que yo, no tuvimos ni oportunidad de decir adiós o buena suerte. Desconozco cuál habrá sido su travesía.


Al llegar a San Francisco tuve que transportarme en el BART para llegar a Oakland (pueblo natal de mi amor) porque debido a la incertidumbre de cuándo iba a subirme al avión no había podido avisar que iba en camino. En el metro iba una señora que iba un personaje, hablaba por teléfono tan fuerte que todos se volteaban a mirar y ella respondía desafiante a los que lo hacían. 

Yo que quería pasar desapercibido no pude, porque me vio leyendo una nota de cómo hacer las conexiones para llegar a mi destino. Me preguntó si estaba viendo y le conté que estaba revisando las instrucciones. Se ofreció a ayudarme, me indicó los mapas, tiempos y hasta me prestó al celular para que llamara y me estuvieran esperando al bajarme de la estación. Ella hizo otra conexión y se despidió deseándome suerte, y repitiéndome por la vez número 100 que no debía cambiarme de andén para esperar el siguiente tren”.


Esas horas en contacto con gente que nunca había visto y que nunca volveré a ver, el impacto que tuvieron en pasar las horas y ayudándome anónimamente me hicieron reflexionar por todas aquellas veces que gente desconocida me ayudó o hizo algo en algún viaje o incluso en el trayecto diario. Pequeñas acciones que claramente marcaron una diferencia… caras que se desvanecen con el tiempo, nombres que nunca supe.

Me pregunto si yo alguna vez fui la otra cara de la moneda, habré ayudado a alguien en su devenir..en forma anónima? Serán estos casos prueba que siempre existe la fortuna en nuestros caminos, y no fruto de intervenciones divinas sino de las personificaciones más humanas que nos rodean.

One comment

  • buena la historia, y eso de preguntarse si tu fuiste alguna vez para otro lo que ellos fueron para ti podría hacernos mas amables, al final la ayuda llega de vuelta

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